viernes, 28 de julio de 2017

No es que invite al latrocinio

No es que invite al latrocinio


Pterocles Arenarius

¿Quién que es no ha robado libros?
Con tristeza sé que son pocos, abundan los que no han robado libros. La gente que no lee, la gran mayoría de las personas que habitan mi país no lee. Si se me permite exagerar, capaz que es un 80 por ciento de los 120 millones de mexicanos que no leen de manera habitual. Entre ellos inclúyase al pobre hombre que dice gobernar a México.
Pero entre la gente que lee, ésos que provocan que aumente el promedio de libros leídos por habitante al año en México, los que se leen entre 60 a 100 libros por año, mientras la gran mayoría no lee ni uno y un grupo mediano lee dos o tres por año. Bien, ésos, los grandes lectores, siempre han robado libros. Me consta.
Sé de un buen escritor tanto que permanece célebremente desconocido― que ha vivido de ser guionista de televisión, de enseñar literatura, de hacer corrección de estilo y hasta de galeras. Pero no menos ha sido desempleado.
Pues ese sujeto me confesó, al calor de tres o cuatro cubas libres, que un par de librerías del sur de la ciudad habían colaborado intensa y extensamente para su formación ―más o menos vasta aunque no tan profunda― tanto literaria como de cultura general.
Y me dijo, ya entrando en el territorio de la confesión, que había estado más de quince años sin comprarse un pantalón, que no había comprado zapatos en cierta época que se alargó por unos diez años ―este escritor contaba con múltiples familiares que le regalaban vestimenta y calzado―, que por las temporadas más duras había llegado a estar sin comer dos o tres días. Pues el inocente no tenía dinero para comprar comida. En algún momento tuvo que acudir al almacén antes llamado Aurrerá, hoy Walmart, a alimentarse de los productos ―quesos, embutidos, golosinas, etc.― que suelen ofrecerse al público como prueba para que se anime a comprarlos. Pero que nunca, en los últimos treinta y cinco años había estado sin leer, en ocasiones desafiando incluso la más negra pobreza.
Porque, me dijo, los últimos 35 años de su vida había estado leyendo a un ritmo promedio de 3.5 libros por semana. Demasiados. (Echándole lápiz surge la friolera de ¡6,370 libros!). Pero él dice que ese promedio es conservador, es decir, posiblemente haya leído más. ¿Y cómo le hizo si a veces no tenía dinero ni para comer? Porque para leer tanto hay que tener libros. Y para tener libros hay que tener dinero. Y los desempleados no tienen dinero. ¿Entonces, cómo?
Robando.
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Este cínico saqueó las librerías mencionadas durante unos quince años. Nunca lo atraparon. Me contó: “Dejé de robar porque una vez, mientras estábamos en una fiesta ahí en el sur de la ciudad, un amigo mío, ya más allá de lo convenientemente ebrio, me dijo que iba a la librería de en frente, porque había conocido a una chica muy linda y muy interesante y pensaba regalarle el I Ching de Richard Wilhelm con prólogo de Jung, en la lujosa edición que hizo la editorial Paidós. Se lo iba a robar.
Nos quedamos en la fiesta y, luego de unas cuatro horas, ya ebrios, preguntamos ¿y El Conejo? Pues se fue a robar el I Ching. ¿Y no ha regresado? Quién sabe, aquí no está. Y fuimos a preguntar por él.
Los policías de la librería nos dijeron que sí, lo habían atrapado. Era un güerito de pelo largo y barbitas, ¿no?, pues sí, lo agarramos, pero ya se fue.
“Después de otro rato encontramos al Conejo. Nos contó que lo sorprendieron, lo detuvieron, lo encerraron en un cuarto que tenían para tales casos. Lo golpearon. Lo insultaron. Lo zangolotearon jalándolo de su gran melena. Lo tuvieron unas tres horas maltratándolo, abofeteándolo y burlándose de él. En fin, un secuestro con tortura, malos tratos denigrantes e indignos. Precisamente como recomienda la ONU que no se debe hacer ni siquiera con los prisioneros de guerra. Además le quitaron su cartera y le robaron el dinero que costaba el libro pues no le dieron el famoso I Ching y así se lo advirtieron. Muy generosos, los policías, le dijeron que ellos no eran rateros, que sólo le quitarían el dinero que costaba el libro y le dejarían el resto de lo que traía. Además le indicaron que les diera las gracias porque no lo remitían al reclusorio por ratero.
“Policías prototipo. Ni hablar.
“Desde entonces ya no robo libros. Un día voy a caer y no quiero sufrir semejantes humillaciones”. Además, yo soy muy histérico en especial con la policía y si me llegaran a atrapar la cosa iría muy lejos y muy mal para mí” dijo.
La lectura
En este caso, un joven brasileño fue capturado luego de que se robara libros, pues sí, un día iba a ocurrir. La policía dijo de él que “sin duda tenía una afección sicológica”, incapacitados para entender a alguien que ama la lectura. https://elpais.com/internacional/2017/07/24/mundo_global/1500932775_590476.html?id_externo_rsoc=FB_CM
Los gobiernos de los países pobres deberían poner los libros al alcance de la gente en general. Los que hayan adquirido el hábito de leer deben tener libros como un derecho humano. Recuerdo que Paco Ignacio Taibo II, cuando fue secretario de cultura del DF, regalaba miles de libros en el Zócalo y también en las estaciones del metro (en este caso, se supone que la gente debía tomar los libros, leerlos y luego devolverlos. Sé que le advirtieron a Taibo que no los iban a regresar y que él dijo “¡No importa, que se los lleven, con tal de que los lean!”). Hoy, el gobierno, en vez de regalar libros los pide. En el metro hay anuncios que solicitan que uno done los libros que ha leído. Pendejos.
Los gobiernos, como el de México, jamás pondrán los libros en manos del pueblo, porque los libros provocan a la consciencia; fortalecen y desarrollan la inteligencia; dan ideas a la gente, soliviantan la libertad y estimulan la imaginación. Los pinches gobiernos como el de hoy en México le tienen terror a un pueblo consciente, por eso se alían con insaciables negociantes de la televisión para que produzcan sólo programas basura; su miedo los lleva a debilitar lo más que pudieran, la inteligencia de los mexicanos, lo peor que les puede pasar es que el pueblo tenga ideas y que conozca el significado de la palabra libertad.
Un pueblo que lee es un pueblo libre, imposible para ser manipulado por politiquillos rateros y criminales como ocurre en este momento en nuestro país. Un pueblo con un promedio alto de cultura no permitiría que lo gobernara un individuo ladrón que además es analfabeta funcional y que está rodeado de una caterva de amigos de lo ajeno y con inclinaciones hacia el asesinato.
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Un escritor, quizá el más grande del siglo XX
Los brasileños de Itápolis entendieron la circunstancia y ahora llevan libros a la casa del muchacho que los robaba para leer.
Leer, aunque es un placer lánguido, es una forma de la felicidad. Lo dijo Borges.