miércoles, 24 de mayo de 2017

Cadáver insepulto

Cadáver insepulto

Pterocles Arenarius

La ley sólo existe para los pobres; los ricos y los poderosos la desobedecen cuando quieren, y lo hacen sin recibir castigo porque no hay juez en el mundo que no pueda comprarse con dinero.

Donatien Alphonse Françoise, Marqués de Sade

Yo vivía en la calle de Juan de la Granja, en una de las orillas de la Candelaria de los patos. El lugar de juegos, centro deportivo y parque de diversiones de los niños que habitábamos las cinco vecindades de Juan de la Granja era la calle de Auza, perpendicular a la otra. Ahí jugábamos futbol, canicas, beisbol, quemados, hoyos, burro en sus diversas variantes (corrido, tamalado, castigado) y también peleábamos con alguna frecuencia. Éramos la pandilla del barrio de la nueva generación y teníamos entre diez y doce años. Aquél era un día de vacaciones del calendario escolar. Yo buscaba a mis amigos el Neto y el Melo, que vivían en la escuela Juan de la Granja, precisamente en la esquina de la calle de ese nombre y la de Auza.
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La Bella Cande, legendaria. Foto histórica de Héctor García.
Me trepé en la puerta metálica del zaguán de la escuela, pisando sobre los adornos de metal forjado. Les grité. No salieron. De pronto vi que un policía, tamarindo ―que así los llamaba la gente por el color del uniforme y eran, formalmente, los encargados de vigilar y regular el tránsito de vehículos― se acercaba a mí. Peligrosamente, cada vez estaba más cerca. Un niño casi vagabundo, desconfiado, astuto y conocedor de los peligros, no iba a confiar en un policía tamarindo (a mis diez, quizá once años, sabía con claridad completa que todos los policías, todos, eran ladrones, los tamarindos tenían, en realidad, el encargo de extorsionar a todo aquel que manejara un vehículo automotor). Y menos podía confiar en un policía que se me acercara puesto que lo veía con más que clara evidencia que estaba embriagado.
Rápido, con mis 35 kilos y mi agilidad de buen futbolista callejero, me bajé de la puerta y salí corriendo para huir del tamarindo borracho.
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Estación del metro Candelaria. Desaparición del barrio.


Corrí por Auza. El policía me persiguió, pero yo era mucho más veloz. Llegué a mi vecindad, a unos 60 metros de la esquina de la escuela. Me metí corriendo y me refugié en el excusado colectivo de la vecindad. Me subí con los pies sobre la taza para que si se asomaba por abajo del cobertizo con bisagras que dejaba ver pies y cabeza de quien estuviera adentro, no me viera. Desde una rendija lo miré llegar a media vecindad, ebrio, enrojecido, un poco tambaleante, miraba a la gente de la vecindad con sus inyectados ojos de bútago retador. Miró para allá al fondo de la vecindad, nada. Miró para acá, ¡donde yo estaba!, nada. Miró para afuera y lentamente se fue caminando hacia afuera de la vecindad, hacia la calle. Suspiré aliviado. Dejé pasar un tiempo pequeño, demasiado pequeño. Debí esperar más, pero tenía miedo y urgencia de meterme a mi casa. Salí y ahí estaba, esperándome. Ya no pude hacer nada. Me agarró y me cargó como si fuera un chivo, bajo su axila. Así era de fuerte o así estaba yo de flaco.
Y me llevaba como su botín. Las mujeres de la vecindad vieron todo. En menos del tiempo que le tomó llegar a la entrada de la vecindad ya le habían avisado a mis padres: “¡Un policía se lleva a Chucho!”. Cómo que un policía, ¿por qué? “Lo agarró a media vecindad y se lo lleva cargando”. Ah, carajo, pues qué estará pasando, qué haría o qué, pues…
Mi madre me arrebató de brazos del policía degenerado y mi padre le asestó un poderoso cruzado de derecha que casi lo derriba. El policía era un hombre alto y fuerte. Mi padre era de pequeña estatura, 1.65 metros si acaso. Un gran chingadazo hizo al tamarindo retirarse sin más explicaciones.
Fue la primera vez en mi vida, a los once años, en que me encontré frente a frente con La Bestia.
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La Bestia. "La dictadura perfecta"
Hablo de La Bestia, porque sé que quienes han vivido bajo la opresión de una dictadura saben bien de qué hablo cuando me refiero a La Bestia. Es el “derecho” de violar, como ese policía iba a hacer conmigo. ¿Para qué quería llevarme cargando ese tamarindo borracho?
Habían pasado quizá cuatro años y, como un buen adolescente de barrio bajo, me encontré en la otra esquina de mi calle, donde Juan de la Granja se encuentra con Corregidora, bebiendo cerveza a pico de botella. Era una caguama que, en aquellos tiempos, tal denominación era curiosa novedad (dicen que debida a Monsiváis). Estábamos Gregorio, renombrado el Oso y Joaquín, el Negro, Padua. Yo le había dado dos tragos a la cerveza y me encontraba un poco ebrio de manera más que prematura. De repente, de la nada salió un sujeto de gabardina blanca prácticamente en medio de los tres: “Esos jovenazos, saquen la bachita”. Yo iba a contestar con un estúpido candor autoincriminatorio, pero el Oso, se me adelantó y con astucia dijo “Cuál bachita, señor, aquí no hay nada”. En un instante aparecieron otros tres sujetos que, sin más, comenzaron a trasculcarnos. En el bolsillo me encontraron el destapador de cerveza que incluía tirabuzón sacacorchos. “Con esto puedes matar a un cristiano, vas pa'rriba, chamaco”, me dijo del de la gabardina blanca. Y me subieron a una camioneta sin placas ni logotipos policiacos.
Alguno de los que estaban fue corriendo a avisar a mi madre. Era un sábado, porque ella estaba planchando y salió corriendo sin enfriarse, a riesgo de agarrar un mal aire, para rescatarme de las manos de los representantes de la dictadura que, desde fuera de la ley, han violado los derechos de las clases pobres de México por décadas.
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Años 70. El jovenzuelo militante de la izquierda después sería Pterocles.
Mi madre llegó a llorarle al sujeto de gabardina blanca, policía secreto, como se estilaba en aquellos tiempos. Yo estaba ebrio arriba de la camioneta y me sentía tan mal como nunca me había sentido en mi vida. Borracho y oyendo a mi madre lloriqueante suplicarle al terrible hombre que me había detenido por traer un destapador de cerveza con tirabuzón. El hombre repetía “Es que con esto puede matar a alguien”. Con una prepotencia odiosa, con una actitud de generoso perdonavidas le dijo a mi madre “Bueno, ya llévese a su hijo. Pero cuídelo más, porque para la otra sí nos lo cargamos”. Me daban ganas de que mejor me llevaran a la cárcel antes que “ser beneficiado” por tan pútrida generosidad.
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Brutales, ladrones, torturadores, asesinos. La policía, al servicio del poder corrupto

La policía era una plaga criminal, una maldición del diablo, una invitación al abismo ―matar a un policía era un bello ideal, incluso arrostrando persecución, tortura, cárcel―, para los jóvenes y adolescentes que crecíamos en la Bella Cande. No pocos de los que fueran mis amigos de la primera juventud murieron en manos de la policía o bien dieron en la cárcel con sus humanidades o, la peor de las maldiciones: se convirtieron en eso que fuera su tortura, su demonio en este mundo, su odio; se convirtieron en policías corruptos, ladrones, extorsionadores, alcohólicos-gordos e ignorantes y criminales.
Mi suerte fue formidable. A pesar de haber sido detenido por besar a mi novia en la calle, por mear en público, por estar borracho en una calle solitaria, por ―esto será muy difícil de creer― por caminar demasiado rápido, pues según dijo el patrullero que me detuvo y me subió a su vehículo, era muy sospechoso caminar así. Por ingerir bebidas alcohólicas en la calle me detuvieron ―objetivos de extorsión― muchas veces. Por mentarle la madre a Carlos Salinas fui hecho prisionero un par de ocasiones; por pegar carteles primero del Partido Mexicano de los Trabajadores, luego, años después del Frente Democrático Nacional. En fin. Sin embargo, repito, mi suerte fue formidable, porque aunque fuera detenido cuatro o cinco veces por año, no permanecía prisionero en poder de la corrompida autoridad más de 12 horas; y en los mismos tiempos hacía mis estudios de bachillerato y después de licenciatura. Y conforme avanzaba en consciencia social y conocimiento, obviamente, mi percepción de lo que es y significa la policía, el rostro del régimen, se fue modificando hacia un refinamiento cada vez mayor.
Un viejo profesor
 
Desde la adolescencia noté que la justicia operaba de manera más que rigurosa contra los pobres. Jamás contra quienes ostentaran riquezas o influencias poderosas. Los que podían pagar la “justicia”, en la práctica, estaban autorizados a delinquir sin cortapisa e incluso a asesinar.
La justicia mexicana es una tiranía contra los humildes. Y es la más feroz dictadura contra los opositores al régimen. Contra los pobres aplica un rigor casi sin límite, la injusticia cotidiana, la brutalidad policiaca, la extorsión como sistema de trabajo. Contra la delincuencia tienen muy sus diferencias. Los delincuentes que actúan motu proprio pueden ser consentidos, incluso alentados y hasta protegidos, si entregan parte de sus ganancias a policías, ministerios públicos y jueces.
Los políticos jamás serán molestados ni reconvenidos ni siquiera señalados por sus raterías ni sus crímenes, excepto si hay una consigna que venga desde más arriba en su contra. Y ni hablar si es desde arriba ―leamos desde la presidencia de la república―: entonces el rigor de la justicia será implacable. Sin embargo, para ellos suele haber misericordia. Llegan a perdonarse.
La lucha contra el poder
 
Para quienes no hay piedad es para los opositores a este régimen. De forma sumarísima se les condena a muerte o a desaparición forzada. Crímenes dignos del Tercer Reich se han cometido contra los que se enfrentaron al gobierno. A veces, por la denuncia, la lucha organizada, sólo sufren la cárcel.
El sistema ha sido indeciblemente astuto para permanecer entronizado en el poder público. Es sin duda asombrosa su capacidad para aferrarse ―como lo haría un náufrago con su tabla de salvación― a los beneficios del poder. Han corrompido hasta los cimientos la vida política de la nación. Han comprado (casi) a todos los políticos y a las organizaciones en donde haya gente dedicada a la política. Han entregado el país al extranjero como si fuera de su propiedad. Han destruido con toda consciencia la educación.
Han sido la más feroz dictadura porque son capaces de decir en el extranjero que en México se vive una democracia, “con todos los defectos de los regímenes de tal índole, pero democracia al fin”, cuando son una satrapía que sirve, con todo descaro, al poder imperial.
Y cuando ha habido iniciativas que los han amenazado con expulsarlos del poder político, con un cinismo que espanta gritan que “Todos los políticos son iguales. Que todos son corruptos y ladrones por lo que no hay salvación”.
Así, una nación que ha contado ―aunque cada vez menos― con descomunales riquezas naturales, con múltiples privilegios que el azar natural le otorgó (todos los climas, miles de kilómetros de costas, millones de hectáreas de suelo fértil, no menos mar territorial, inagotables yacimientos petroleros, plata, cobre, oro, etcétera) se debate en la monstruosa situación de ver a treinta millones de sus habitantes sumidos en una miseria muy cercana a la hambruna y otros setenta millones que viven en una pobreza apenas soportable.
La dictadura mexicana, con vigencia ―durante dos sexenios disfrazada de azul― durante ya casi noventa años (aunque con una milagrosa salvedad, el periodo de gobierno del general Lázaro Cárdenas) se ha regido por tres objetivos para el ejercicio de su gobierno: Uno, el robo sin límites al erario. Dos, la mentira como sistema de comunicación con los gobernados. Tres, la supresión de los enemigos del régimen por asesinato directo, desaparición forzada, encarcelamiento sin pruebas, expulsión del territorio nacional o el cese laboral. Según el sapo del costo político es la pedrada del atentado.
Pero La Bestia murió con uno de sus más bestiales crímenes. Como régimen murió el 2 de octubre de 1968.
Pero sigue, muerto insepulto, al mando del gobierno. ¿Qué es una bestia muerta?: un montón de carne agusanada, pestilente, abominable, en proceso de descomposición. En su interminable proceso de putrefacción han contaminado a todo el país. Y el desmantelamiento ―la descomposición― de nuestro país lo hemos presenciado mirando el rostro de La Bestia insepulta que se transfigura en padre benévolo para los menos, cínico consentidor y obsecuente para los millonarios, despiadado saqueador para la mayoría y el demonio, el exterminador, la bestia de fauces sangrientas para los que se le oponen.

Voy viajando y veo que una patrulla detiene a un automovilista en la solitaria carretera, en la noche. ¿Será para ayudarlo? ¿Será para darle orientación y consejo? ¿Será con la finalidad de brindarle indicaciones para su protección? No. Es para extorsionarlo. Es un robo en despoblado.
Hoy soy un viejo profesor. Tengo hijos que no vivieron en el barrio bajo y van a la universidad. Pero las condiciones de mi país no han cambiado, sino al contrario, son peores. El cadáver insepulto ha encontrado la manera de continuar su proceso putrefactivo ensanchándolo hacia todos los puntos de la nación. Lo que se mostraba en embrión hoy es horrenda realidad. El país se despedaza, la consciencia colectiva está desmembrada. Lo peor de los políticos se entregaron a La Bestia, por comodidad, por cobardía, son los gusanos que tratan de acelerar la descomposición.
Escritores y activistas
 
Pero, aunque atomizado, el descontento que aglutina a los que no han sido alcanzados por la podredumbre, los que hemos sido perseguidos, a los que hemos sido robados por años, los que hemos sido oprimidos, explotados y ninguneados, se siente en el aire, La Bestia se sabe, se siente acorralada y, como nunca, se muestra amenazante, con una hipocresía y una brutalidad que sólo pueden ser producto del terror de que la gran rebelión que con millones de mañas han pospuesto por décadas los barra, los borre de la historia, fingen seguridad y aseguran que conservarán el poder.
El régimen con el rostro agusanado, pestilente, podrido hasta los huesos aspira a descomponer a todo el país. Si no eliminamos al cadáver nos pudriremos todos.

viernes, 17 de febrero de 2017

En la Pulquería Insurgentes, hicimos sendas apologías del maestro Eusebio Ruvalcaba, además, comentarios sobre el libro No todas las aves cantan en la oscuridad de Enrique Ramírez. El texto que leí en el acto es el que sigue:
Un héroe y un militante
Homenaje a Eusebio y elogio de Enrique

Pterocles Arenarius

Se fue el gran creador, tan grande cualitativa como cuantitativamente. Tan grande que en su modestia ni siquiera llevaba la cuenta de los libros que había publicado.
El gran intelectual melómano. Sin duda el escritor que más sabía de música en este país.
Se nos fue el gran maestro. Tan grande que sólo cuando sabemos a ciencia cierta que su ausencia será irremediable, nos percatamos de cuánto deja vacío en este mundo. El amigo que no tenía precio, el que consideró la amistad como una de las formas elevadas del amor. El autor infatigable cuya disciplina como de músico alemán lo llevó a escribir y publicar más de 60 libros. El tallerista de férreo rigor, enemigo acérrimo de la chambonería en la creación.
Eusebio Ruvalcaba era sus grandes ideas, sus refinadas emociones, su vasto conocimiento de la música y de la literatura, él era su bondad y su amor para los amigos. La amistad de Eusebio era un delicioso regalo de la vida.
Y hablando de Eusebio traigo a colación a uno de sus héroes. Se llama Wolfgang. Y está en algún lugar, en una dimensión que somos incapaces de incluso concebir, Amadeus mira a veces hacia este mundo. Y en una de esas, era el año 2012 y vio a Aimi Kobayashi, entonces, una criatura de 12 años que, en la Casa Internacional de la Música de Moscú, bajo la batuta de Vladimir Spivakov y la Orquesta de Virtuosos de Moscú interpretaron el concierto Coronación que él, Wolfgang, escribió en 1788 y que alguien, años después, sobrenombró así en honor a un pinche reyezuelo olvidado. Y desde ahí donde está, Amadeus dijo al observar tan acuciosa, tan amorosa interpretación de su obra, es decir, de él: “Sigo entre los hombres. Cada uno de ésos que hierven de emociones y algunos hasta lloran, tiene una parte de lo que en ese pequeñísimo mundo que ellos llaman Tierra dejó, cuando vivió esto que ahí llamaron Wolfgang Amadeus Mozart. Y si estoy aquí en el estado de lo sublime es porque sigo viviendo allí, en ese pequeñísimo mundo que llaman Tierra, pues he ahí que mis ideas, mis emociones, mis caprichos y hasta mis vicios siguen existiendo”.
Así, en este momento, Eusebio está entre nosotros. Y ha comprendido que, al final, no somos más que las emociones propias y las que hemos despertado en otros. Las ideas que generamos y que las repartimos por el mundo a veces bien, a veces regular y también mal. Somos los amores que hemos despertado en algunas personas. Y en este momento Eusebio nos observa y se da cuenta que sigue vivo en nosotros, los que lo amamos.
A raíz de la muerte de mi amigo Eusebio he pensado, una vez más, ¿para qué estamos en este mundo?
Y antes que nada me describo a eso que llamamos este mundo. Es el planeta llamado Tierra y se encuentra bajo el cobijo de una estrella que llamamos Sol. El Sol es un astro más bien vulgar de entre unas 400 mil millones de entes estelares de la agrupación llamada el camino de la leche, sin albur, por eso mejor, digámosle Vía Láctea. Y ese conjunto inconcebible es sólo uno más de las ¿100 mil millones o el doble o el triple de galaxias? que hay en un universo que tardaríamos 90 mil millones de años en recorrer en el inalcanzable caso de que fuéramos capaces de movernos a la velocidad de la luz.
Lo que quiero decir es que si en relación con el universo alguien dijera que no existimos no estaría faltando a la verdad. Ante esos números, ante esas dimensiones esta existencia es lo mismo que no existir.
¿Entonces para qué vivimos, para qué tenemos consciencia si ésta, en comparación con lo que llamamos la vida del universo es como una chispa que resplandece una fracción de segundo y luego desaparece para siempre?
Enrique Ramírez, poeta y artista plástico, sin hacerlo explícitamente, nos da una respuesta. Y lo hace con su poesía.
Primero. La poesía no sirve para fines prácticos. Podríamos decir que la poesía no sirve para nada. Pero es así porque se trata del ejercicio más humano de cuantos ha inventado y conoce el hombre. La poesía se encuentra en tantos lugares como milagros ocurren en el pasmoso universo que habitamos, para que la vida continúe, para que la belleza ocurra, para que el conocimiento siga asombrándonos y no menos para que la desesperación, la tristeza no terminen por avasallarnos.
he nacido triste
sin sentido
desganado
(…)
he nacido sin causa
pesimista
con dolor en los testículos
(…)
con un sentimiento de nostalgia
(…)
con las tripas de fuera
(…)
he nacido solo
solito como un peral que recibe el sol
pero sobre todo
para morir
Ha dicho el filósofo que el hombre es un ser para la muerte. El poeta, a punta de sentimiento, de su propia desolación y la búsqueda en sí mismo lo ha descubierto.
Es decir, la poesía, que, como hemos dicho, no sirve para nada, sólo sirve para lo más importante que pueda haber en este mundo: para hacernos más humanos. Que ya bastante tenemos todavía del animal que fuimos. Que seguimos siendo.
Esto es idéntico a lo que en tiempos remotos, hace siglos, se conoció como la alquimia. Los alquimistas, se dice, fabricaban oro a partir de metales burdos, concretamente del plomo. La ciencia moderna no ha probado que lo hicieran, tampoco que no. Pero sí ha encontrado que es posible hacerlo, aunque, con la actual tecnología, sea muy caro. Lo importante para nosotros es lo simbólico de la alquimia. A partir de la vulgaridad, de los materiales rústicos, del plomo o la ordinaria cotidianidad, el poeta-alquimista, obtiene el oro de la poesía, el lapis-philosoforum, la piedra filosófica, aunque sea envenenada, es decir, en lugar del elíxir de la vida perdurable, en el caso de Enrique Ramírez, éste brinda una invocación para la otra cara de la vida.
Quiero decirle al constructor
del circuito interior
métame en un bache
deje caer el cemento
sobre el flaco cuerpo
después al estar a punto de morir
recordaría los autos a 100 Km /h
sobre la cabeza
la urbe no se detendrá a mirar el hoyo.
Estamos ante una poesía que no da concesiones en absoluto y tan no las da que ni el mismo poeta se perdona. Es una poesía dura, despiadada; incluso las expresiones, las palabras, son deliberadas para aludir al desasosiego, a la muerte incluso, sin ambages; aquí el poeta no se anda con chingaderas. Se asoma al abismo con una sangre fría que llega, sin dudas, a atemorizar.
Las palabras y el sentimiento es el mismo
¿cuánto tiempo
vagando
entre los días y la soledad?
comiendo migajas de galletas de animalitos
bullendo del hocico o mente
dramas con letras
en el papel
para distraer las ganas de regresar al polvo.
La poesía ocurre, como el milagro de amanecer o la caída de una estrella fugaz. Es como respirar. Está aquí la atmósfera contra todo pronóstico, desde hace unos 4 mil 500 millones de años. Si alguien tiene buena salud, si es notoriamente feliz a pesar de que el país se despedaza y nos gobiernan delincuentes, si es creativo y hasta tiene fe en la humanidad, no lo duden, es alguien que está en contacto con la poesía. La poesía es, finalmente, salvación.
En el poema siguiente se describe el milagro de la existencia de un gusano.
Horrores en el suelo
tener más de 70 años
es una hazaña que el
insecto
no desea y no siente
se conforma
con un medio día
donde pisan la tierra tenis zapatos
no prestan atención
a esta alimaña
ni a
él le importa
pues se entretiene contando
la arena negra con sus patas
suspirando
sin saber que
un dedo está a punto de aplastarlo.
Somos para la muerte, lo ha dicho el poeta Enrique Ramírez, lo confirmó Eusebio al partir de este mundo. Pero la muerte no existe. Como lo prueba el mismo Eusebio.
Eusebio Ruvalcaba se fue de este mundo. Pero aunque las ideas, las emociones, los amores que se reunían en esa persona que todos amamos ya no está físicamente, eso que lo formaba sigue aquí, está en nosotros, igual que sigue Mozart cada vez que es interpretado.
Y mientras Eusebio nos mira desde donde esté, con esa mirada medio sesgada, medio oblicua, con esa intención traviesa, con ese afecto purísimo y entrañable, con ese saludo que hacía sonar su dedo medio contra tu mano, con sus barbas canas y sus ojos inteligentes, les digo, amigos, para eso existimos, para cambiar este mundo, para que la vida siga, para salvarnos por el conocimiento, por la sabiduría, por el amor.
Por aquí anda Eusebio, aquí está, entre nosotros,
¡Salud, carnalito!
Y este día, 15 de febrero del año 2017 según el calendario occidental; el 1395 del calendario musulmán; el 4714 del calendario chino y el calendario masónico dice que estamos en el año 6017 de la verdadera luz, mientras el 2017 corresponde, dicen ellos, a la era vulgar. Bien, este día, en un país que se encuentra muy próximo al abismo, a una gran catástrofe social y que se llama México ―oficialmente Estados Unidos Mexicanos―, en la Ciudad de México, hasta hace poco Distrito Federal, se presenta un libro de poesía. Se celebra a un gran hombre que nos dejó pero que, a partir del día en que se fue, se volvió El Escritor. Pocos actos más inapropiados en un país que se desangra, que quizá agonice.
Sin embargo, como dice aquella hermosa canción, “¿Quién dijo que todo está perdido? Aquí vengo a ofrecer mi corazón”. Lo cual me remite a la última pregunta.
¿Vale la pena que alguien dedique su vida a crear poesía como lo hizo Eusebio?
Vale. Porque mientras esto ocurra, significa que habrá esperanza.
La imagen puede contener: una o varias personas, personas sentadas, tabla e interior
Carlos Martínez Rentería, Abraham Peralta, Enrique Ramírez, Pterocles y Jorge A

miércoles, 23 de noviembre de 2016

La interminable cagarruta

La gran cagarruta

Pterocles Arenarius

A las once y pico de la noche del once de diciembre estaba tan borracho que me fui caminando y meando —para no hacer charco— desde el metro Balbuena hasta la calle José Rivera (unos doscientos metros). Mi vejiga venía sufriendo un íntimo malestar: ¡estaba próxima al estallido! Ya no me era posible ni apretar las nalgas. Expuse mi más querido instrumento a la intemperie y, avanzando, meé con singular alegría e insuficiente precaución para no mojarme los zapatos, el alivio era sublime (“La meada sagrada…, pues descansa el alma”). Caminaba y meaba. Caminaba y meaba. Acto muy simple que provoca gran felicidad. En plena calle, en la noche oscura, fresca, bajo el firmamento tachonado de estrellas. Otro sujeto ebrio, al ver la prolongadísima trayectoria meatoria me dijo mientras me rebasaba “Áhilallevas-áhilallevas”. Le sonreí como un gran borracho: lo más cínicamente posible y mostrándole el pulgar erecto. Me respondió con la palma de la mano y una sonrisa tan depravada como la mía.
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Bukowski, gran bebedor. Gran escritor.
Llegué trastabillante a la avenida Iztaccíhuatl, nombre náhuatl (mujer blanca) del volcán, ya inactivo, eternamente nevado que tiene la apetecible forma de mujer desnuda en decúbito supino. Decidí tomar un descanso y mitigar la sorpresa de mirar a los miles y miles de peregrinos que todos los años pasan caminando por tal avenida durante unas treinta y seis horas sin tregua —ya ni me acordaba de que los once de diciembre siempre pasan—, obstruyendo cuanto existe de obstruíble en los veinte o treinta o cien o más kilómetros de sus diversos caminos, porque vienen desde todos los pueblos de los estados de México, Puebla, Hidalgo, Morelos y otros. Por Iztaccíhuatl —por su gran camellón de tepetate con zonas jardinadas y cientos de árboles— caminan luego de doce o más horas de viaje. Su paso es devoto y… devastador (como Atila, El azote de Dios, bajo cuya pisada ni la hierba crecía), pues son más de ¡seis millones! Cada año casi acaban con el pasto y las flores del camellón. Señalan su camino con toneladas de basura que abandonan en el suelo con toda naturalidad mientras avanzan a cumplir con la sublime devoción de adorar a la Virgencita y, lo más importante, dejar cientos de millones de pesos (¡la gente más pobre de México!) a los gordos jerarcas de la iglesia esa cuyos sacerdotes se cogen a los niños.
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Llegan, en dos días, 6 millones a la Basílica.
(La Madre de Dios debe tener algún problema de autoestima para descender a esta Tierra sin redención a pedir a un indio sin nombre cristiano que quería una ermita donde la adorara la indiada. ¡La Madre de Jesucristo Vencedor!, hijo unigénito del Dios Padre Todopoderoso, creador de cielos, Tierra y océanos y todo el puto universo con sus noventa y tres mil millones de años luz de diámetro, necesita ser adorada por unos indios que apenas habían estado a punto de ser eliminados de este planeta por los españoles. Es raro que gente tan abandonada y paupérrima haya recibido tal mensaje de la madre de Dios. Pero, ¿por qué no?
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El indio y la madre del creador de todo el universo
(¿Y por qué sólo indios mexicanos hoy unos diez millones de los siete mil millones que vivimos en la Tierra, de entre todo el género humano?, ¿los habitantes de un más bien pinche planetilla perdido en un extremo de una vulgar galaxia de las cien mil millones que, dicen, hay en el tal universo reciban semejante atención? Pero en fin).
Es estúpido. Es una idea católica simplemente examinada por un borracho que pasó por la prepa. Cada año hay accidentes entre los que vienen en carcachas que se vuelcan o se desbarrancan, atropellamientos —de los que llegan a pie o en bicicleta— más los que caminan de rodillas el kilómetro y medio desde la glorieta de Peralvillo hasta la Basílica. Los peregrinos cagan y mean a la vera del camino si no encuentran a buen tiempo las casetas que a cada dos o tres kilómetros les pone el Gobierno para que en su caminar tan lleno de fe no dejen a la vista su cagarruta (su ruta de caca, pues). Todo para cumplir con la anual veneración de la virgencita de Guadalumpen (sic, no es errata).
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El México pobre. El México profundo.
Me tiré a descansar. Los peregrinos pasaban. La gente de la colonia Moctezuma se organiza y les lleva comida y café a los heroicos peregrinos guadalúmpenes. Descubrí cerca a una familia durmiendo bajo un árbol, enredados en una miserable cobija y acurrucados todos contra todos procurándose calor.
Oye, güey, ¿ahí se van a dormir? —le dije al papá que me miraba tiritando.
Sí, pos no hay dinero pa’l hotel. Qué se le hace.
Mira, cabrón, me voy a quedar un rato a que se me baje la peda. Luego iré por otro alcohol para la cruda… Toma las llaves de mi casa y cáiganle ahí. Nada más vete por esta calle hasta que encuentres el doscientos diecisiete y, mira, con ésta, abres la puerta de la calle. Te metes, buscas el cinco y abres con esta otra. No mames, hasta se te van a enfermar tus chamaquitos. —Era un indígena cuarentón, morenazo, de ingenua catadura y aspecto de albañil y/o campesino.
No, señor, aquí nos dormimos. Ya es como medianoche, a eso de las cuatro ya nos vamos pa’nuestro pueblo. Muchas gracias, pero mejor aquí nos quedamos.
¿Y desde dónde vienen? ¿Ya fueron a la Basílica?
Venimos desde Tlapanaloya, por Jilotzingo…, cerca de Huehuetoca.
Pa’ su madre. Sabrá Dios. ¿Cuántos kilómetros?
Serán unos sesenta. Ya fuimos a ver a la madrecita… y vamos de regreso.
¿También caminando?
Pos sí, el camión está muy caro y somos de a tiro cinco…
Váyanse a dormir un rato a mi casa…
No, mi jefe, gracias. Na’más descansamos un rato y ya nos vamos.
¿Cómo te llamas?
Espiridión Manrique.
Bueno, Espiridión, ¿y se divirtieron de venir hasta acá a ver a la madrecita?
Sí, nos gusta venir. Pero estamos bien cansados, ya traemos las patas hinchadas y mi vieja no puede caminar porque se fue de rodillas desde la glorieta.
Oye, y si no es divertido ni se ganan un billete ¿para qué…?
No, pos pa’darle gracias a la Virgencita de tantas cosas que nos ha dado.
Ah, cabrón, ¿le vienen a dar las gracias de tantas desgracias?, a ustedes les va de la chingada, amigo —se me quedó viendo feo el cabrón. No le habrá gustado mi pregunta.
La Virgencita nos ha dado todo…
Ya entendí. Pinche Virgencita hija de la chingada, qué chinga les ha dado. —Peló los ojos e hizo gestos como si fuera a llorar.
No me digas eso, señor, porque vo’a tener que partirle su madre.
Tranquilo, cabrón, yo nada más te digo lo que veo.
Pero a la Virgencita no la tienes que ofender, señor. Porque yo sí te parto tu madre. A la Virgencita nadie le falta al respeto.
Pérate, carnal, tú dijiste que la Virgencita les da todo. A ustedes les han dado pura miseria, no mames, te duermes en la calle con tus hijos y les das de comer lo que te regalan estos cabrones. ¿Eso les da la Virgencita? ¿Puras chingaderas? —Se me viene encima echándome las manos al cuello para ahorcarme. Empezamos a forcejear.
No faltes al respeto a la Virgen, hijo de la chingada. Si no crees, respeta.
Pos respeto, pero a ustedes se los está llevando la chingada. La gente se arrimó a ver qué pasaba. Pronto se dieron cuenta.
Este borracho está ofendiendo a la Virgencita. —Dijo una vieja gorda.
Hay que darle en su madre al cabrón… —opinó un indio sesentón.
Hay que quemarlo al hijo de la chingada… —se atrevió a invitar otra mujer.
Además de briago trai al vivo diablo adentro. Cómo se atreve a ofender a la madre de Dios. —Dijo a gritos otra vieja. Me agarraron y me levantaron en peso.
Yo digo que hay que quemarlo, para que se le quite. —Insistió la misma mujer y me llevaron a un árbol. Dios sabe de dónde salió un mecate y pronto estaba amarrado al tronco. Un indio me jalaba de los cabellos y me abofeteaba.
¿¡Por qué ofende, cabrón, por qué no respeta!? —Alguien dijo:
Consigan un litro de gasolina. Lo prendemos y nos vamos, no nos vaya a agarrar la policía.
Con don Regino Burrón
No sean pendejos, no me vayan a quemar porque los están viendo, hay cámaras por todas partes y acá la policía es bien cabrona contra los indios.
Míralo, y además nos ofendes.
¡Pues suéltenme cabrones!, ¡¿no saben que la pinche Virgencita nunca se apareció?! ¡¿A poco no saben que es española y hasta su nombre no es ni siquiera español, sino árabe porque la inventaron para ellos?! ¡Juan Diego nunca existió! ¡La iglesia inventó a la Virgen para engañarlos! ¡El gobierno los quiere apendejados con la guadalupana y la televisión para que no molesten! ¡Es más, Dios no existe…!
¡Cállate, con una chingada! ’Orita viene la gasolina, cabrón. —Pero no llegó la gasolina sino Espiridión, traía con él a dos policías. Los que querían quemarme se esfumaron entre la caravana de peregrinos en cuanto vieron los uniformes azules.
A ver, qué pasa aquí… —dijo un policía.
Es que ya querían quemarlo —les informó Espiridión— porque está diciendo puras barbaridades de la Virgencita. Es buena gente, pero está borracho, mejor llévenselo a la cárcel porque si no lo van a matar los peregrinos. —Me desataron.
¿Y qué les estabas diciendo? —preguntó un uniformado.
Nada más que la Virgencita sirve para una chingada. —Espiridión y los policías me examinaron como a un espécimen extraño. Se miraron y decidieron:
Sí, hay que encerrarlo, para que se le quite lo hocicón. —Dijo un policía.
Es lo mejor, ¿no?, para que ya se ponga tranquilo. —Consideró Espiridión con gesto de sabiduría. Luego me subieron a la patrulla empujándome por la nuca. Poco después me soltaron. La blasfemia, por fortuna, ya no es delito aquí en México, ni siquiera falta administrativa, como sí lo es mear en vía pública, pero de la larga meada sagrada nadie sabía.

martes, 25 de octubre de 2016

Carta a François Rabelais

Y descubrí que vos estabais loco


Venerable maestro François Rabelais:
Maestro gigantesco
Bebedor sapientísimo
Sibarita tremebundo
Erudito sideral
Amador sublime de mujeres
Monstruo, brujo, hechicero, iniciado, mago, ocultista, ¡demonio!, escritor, estimado doctor en medicina don François:

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Rabelais, fenómeno extraño y grandioso de la literatura francesa.

Yo me jacto hasta la desmesura de que un día os encontré. Un venturoso día, venerado François, víme frente a frente con vuestro descomunal —en todo sentido— libro que con perseverante humildad habéis titulado Las hazañas y hechos horribles y espantosos del muy renombrado Pantagruel Rey de los Dipsodas, hijo del gran gigante Gargantúa.
Fue sólo curiosidad. Y vos, maestro, me habéis abierto el cráneo, me desportillásteis la consciencia; habéis destruido mi mundito tan pequeño, tan prudente, tan ordenado, tan regular, tan pendejito. ¡Me habéis convertido en otro!
 
Pteroclídeo rabelesiano
 
Y fue como si me hubieseis llevado a visitar los cuadros de otros locos, uno llamado Brueghel, El Viejo; o bien primero al paraíso, luego al purgatorio y, cómo no, también al negro infierno de Hieronymus Bosch. Sois un cabrón, querido Rabelais. ¿No os dais cuenta de que pudisteis haber desquiciado mi débil cerebro de aquel tiempo? ¿Que habéis provocado mi gusto y gran regusto por el vino (y el alcohol en general)? ¿Que sin piedad incendiasteis mi libido y habéis convertídome en un pecaminoso y recalcitrante fornicario? ¡Que tanta libertad, no lo sabíais, gran maestre, tanta libertad desquicia y enloquece a un simple habitante de mi siglo?
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Nace Pantagruel y pega un grito. Es el siglo XVI. El eco llega hasta hoy, siglo XXI
Os juro, Rabelais, que yo no os busqué.
Vuestro libro me buscaba, obviamente. Y me halló. Para volverme otro.
No es menos el poder que habéis infundido en vuestras “Hazañas y hechos horribles y espantosos del muy renombrado Pantagruel Rey de los Dipsodas, hijo del gran gigante Gargantúa”.
Reflexivo
 

Y descubrí que vos estabais loco. Loco desquiciado. Que erais un mentiroso capaz de enredar a Satanás, exagerado como para que Dios mismo se asombre al escucharos. Que sois un gran borracho poseedor de una ebriedad lúcida y deliciosa en la que podéis deleitarnos durante quinientos días con sus noches contándonos historias monstruosamente disparatadas y gozosamente desternillantes, en las que no os detuvisteis para avanzar entre la mierda y salpicar a cuanto ser os escuchase y en tal trance nos mostrasteis una inteligencia asombrosa combinada con vuestra memoria imposible que os permitió compartirnos a un ejército de vuestros queridos griegos y latinos en los que os habéis apoyado para darnos lecciones, seudomoralejas, el buen consejo: “Portaos mal mas cuidaos bien” y burlaros de los oyentes y contar dislates de dimensiones que harían ver diminuta a la Vía Láctea y mantenernos fascinados con vuestra palabra deleitosa, vuestra imaginación multimaniaca y habernos mantenido embriagados con el vino que es premio que Dios otorgó sólo a vos, magnífico cabrón, mentiroso esplendoroso, deslenguado desatado, abusón de corazón, hilarante desternillante, bebedor embaucador, perito en carcajadas y doctorado en disparate. Loco, brujo, satanás armado de una pluma, tal sois.
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Rabelesiana, de Gustave Doré
Sois un hombre muy capaz de juntar a Dios y al Enemigo Malo en torno a vos y munirlos de sendos vasos de vino para hacerlos mear de risa a ambos a la vez, a resultas de una de vuestras historias que de tan absolutamente inverosímiles y descabelladas obligan al ataque de risa y ultrajan los intestinos, retuercen el estómago y hacen saltar el corazón. Quién que es no se cagará de risa en vuestra mismísima presencia y ante vuestras pérfidas historias.
Amado François, habéis sido uno de los hombres más libres (François, Francisco: hombre libre) y saludables que haya existido en nuestra dilatada historia. Tenemos ya 500 años más desde que vos llegasteis a este mundo. ¿Cuáles son vuestros remedios?: la risa y el vino para el cuerpo; la imaginación y la irracionalidad para el espíritu.
Pterocles
 

Sois un gigante —no menos que vuestros Gargantúa y Pantagruel—, pero vos nos vencéis y nos derrumbáis por el poder de esas anécdotas delirantes, nos ejercitáis así los miembros, fortalecéis el diafragma, vigorizáis el aparato digestivo, reanimáis las facultades cerebrales tonificando el sistema circulatorio y os regocijáis de concedernos la más perfecta y fluida digestión: comer opíparamente y cagar de manera sana y abundante. Con todo lo cual nos hacéis amaros, querido François, a vos, ensordecidos por nuestras propias carcajadas y nos devolvéis la fe a pesar de —o incluso gracias a— hacernos sentir nuestra condición de bichos irremediablemente sucios. Vuestro dogma supremo, guía para la vida, leit motiv de existencia y consejo invaluable, aceptado con suprema fe, me lo dejasteis escrito en ese vuestro prodigioso y ya citado libro —que estuvisteis escribiendo durante treinta años— y en el que a la letra dice: Haz lo que quieras.
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Rabelais, Gargantúa, Pantagruel, más vivos que nunca
 
Los humanos son conmovedores. Aun en su estupidez y su egocentrismo como especie, en su desamparo, su orfandad pero se salvan gracias a algunos seres como vos, venerable François, al valor que individuos como vos mostráis y que habéis dado como ejemplo al resto: lecciones de vida. Ante la inmensidad del universo, el poderío inmenso de la naturaleza, las fuerzas desconocidas de los fenómenos los hombres debían vivir aterrorizados. No lo hacen tan sólo porque los individuos más grandes de la humanidad, y sois uno de ellos, demuestran un inmenso valor y lo infunden al resto. ¿De dónde sale semejante valentía? De la iluminación interior, de lo que ciertos individuos han encontrado dentro de sí —después de ardua e incansable búsqueda— y lo entregan, lo otorgan al resto de la humanidad, las artes, la poesía.
Maestro François, os doy mi más humilde y rendido homenaje, desde un país del Nuevo Mundo del que, alguna vez, vos hubisteis tenido noticias, llamado México.
Salud, maestro.

 *Texto publicado en el libro Post data / Post mortem, publicado por Editorial Vodevil y presentado en la Feria Internacional del Libro Zócalo 2016.

miércoles, 12 de octubre de 2016

Pterocles en la Feria Internacional del Libro del Zócalo 2016

Pterocles Arenarius en la XVI Feria Internacional del Libro del Zócalo de la Ciudad de México 2016.

Pterocles, progenie y Bellas Artes


Viernes 14 de octubre, charla Box y letras en la colonia Guerrero, en la Biblioteca Móvil, en la Plaza Los Ángeles, entre las calles Luna y Félix U. Gómez. Hablaremos de box, de grandes peleadores; hablaremos de literatura, de grandes escritores. Muchos golpes literarios, palabras que conmueven el alma; exquisitas astucias boxísticas que sorprenden y abruman por su virtuosismo. 16:00 horas.

FIL Zócalo XV y hablando de boxeo. Este año repetimos.

Miércoles 19 de octubre, presentación del libro Post data / Post mortem, Cartas a escritores, de la Editorial Vodevil. Todos tenemos algún escritor que, por razones sin duda sentimentales, sentimos que nos hablan más de manera más íntima, autores a los que hubiéramos querido hablarles, decirles lo que ellos nos provocaron, la forma en que nos han influido para transformarnos. Decirles que, de cierta manera, somos sus hijos. Aquí las cartas de veintiún escritores para los autores que los han marcado. Esto ocurrirá en el Foro Elena Garro en el Zócalo a las 18:00 horas.

Cartas a escritores


El jueves 20 de octubre, Sólo los sueños y los deseos son inmortales, homenaje al maestro Edmundo Valadés por algunos de sus talleristas. Algunos cuentos que se hicieron para recordar el centenario del autor de La muerte tiene permiso y gran recopilador y antologador mexicano de cuentos de todo el mundo en su legendaria revista El cuento. Foro Elena Garro, 12:00 horas.

Broma


Ya fuera de la Feria Internacional del Libro del Zócalo 2016, presentaremos Textos de combate, de Nazario Soto. En el Centro Cultural Santa Martha Acatitla que está próximo al penal así llamado, 15:00 horas.

lunes, 26 de septiembre de 2016

Palindromas

Palindromas.

Pterocles Arenarius

La que sigue es una colección de palindromas que he ido creando en muchos años de ocio y curiosidad. Los palindromas son una maravilla, una linda satisfacción cuando uno se tropieza con uno de ellos.

Versos narrativos:
Leal a él
Leí hiel
Leí miel


Cortazariano:
Leí La Maga a Gamaliel

Pregunta:
¿Osa casero derrocar a corredores, acaso?

Opinión:
He oído a la bruta turba, la odio, ¿eh?

Teorema:
Odiar es reconocerse raído.

Sugerencia:
El amargor prográmale

Postulado:
La u trivial, la i virtual

Despechado:
Si tu cutis a él adula, Malú, dale así tu cutis

Desconfianza:
Sade, no me dé monedas

Ofrecido:
A ti pulo, Lupita

Noticia:
Allí va la ramera a remar a la Villa

Místico:
Satán apapacha papanatas

Dos orales y porno:
A la pucha chúpala
Sabrosón es seno sorbas


Consideración:
Oír es serio

Pensándolo bien:
No deseo ese don

Aclaración
Seba sólo tu poeta ateo puto, lo sabes

Al difunto:
Oí sólo caca, Colosio

Azcárraga:
Yo soy oído, odio yo soy

Dice el torturador:
Amigo, no gima

Alcahuete:
Se protege torpes

En el barco:
Robaba a babor


Imperativos:
A la tropa, apórtala
A la porra, arrópala


Abominable:
Esa gorda drógase

Extraterrestre:
Yo sólo vital platívolo soy

Chismoso:
A la Eva de peda, véala

Estilizado:
Yo haré pose de sopera hoy

Comerciante:
Yo, de la Merced, de crema le doy

Imperativos II:
Di a tu puta “id”
Di a tu perra “arre puta, id”


Deportista lesbiana:
Allí trota la tortilla

Reclamo:
Sé mamona, Noemí, meona, no mames

Nombre de casada:
Sara Macedo de Cámaras

Petición:
Ano dame de Madona

Alex, el del Tri:
A Lora caridades se da, dirá Carola

Localización:
Allí vaga la gavilla

Contra el EZLN
Anás ni Zapata, se desata paz insana

Goloso:
¿Era mota? La tomaré

Gobernantes:
El abuso súbale

Opinión profesoral:
Son mulas alumnos

Original:
Es Raúl ave rara para revaluarse

Escritorzuelo:
Serrano, no narres

Freudiana:
La mamá ama mal

Cierto cronista:
Sada narra marranadas

Vaticinio:
Oirás rock, corsario

Buscador:
Yo voy a Tenayuca, a cuya neta yo voy

Clasificación:
La u trivial, la i virtual

Calidad escasa:
¿Arrachera?, será charra.

Si le das:
A la mariachi chaira mala.

Conocedor:
Sé la ruta, natural es.



Díscolo:
Noel no da a don León


Dos alimentarios:
Échele de leche
La memela jáleme mal

sábado, 10 de septiembre de 2016

Plaza de San Fernando

Plaza de San Fernando


 Pterocles Arenarius

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San Fernando, Guanajuato
El año 2000 conocí la Plaza de San Fernando. Hermosa y abandonada. Al norte de la plaza el callejón Segunda de Cantaritos llega hasta algunos de los lugares marginales de la ciudad, donde viven los pobres. Lamentablemente, ahí abundan los jóvenes que no van a la escuela (los rechaza la "Prepa Oficial", también los rechazan en los trabajos, en Guanajuato sólo es posible trabajar de mesero o tener un pequeño negocio o ser dueño de inmuebles o profesor de la universidad y pare de contar): abundan los muchachos que carecen de ocupación, de los que nadie se ocupa. Muchachos de ésos iban a la Plaza de San Fernando a echar caguama y a fumar mota, cómo no, en las banquitas de herrería de la plaza.

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San Fernando y el Bossanova: casi 20 años juntos

En aquellos años, San Fernando no aparecía en los planos de turismo de la ciudad. Entonces, los vecinos se propusieron fundar un negocio que ahuyentara a los muchachos que escandalizaban en San Fernando. Así surgió el Café Reggae. Este café puso mesas en la plaza, precisamente para ocupar los lugares en los que aquellos chicos indeseables (no los quiere la Universidad, ni los lugares en que podrían trabajar, ni, a veces, su familia y el gobierno no quiere saber de ellos. Luego, esos chicos sin esperanza, se reclutan en el crimen organizado y entonces los gobiernos y “la buena sociedad” se preguntan ¿cómo es posible que esto ocurra?, pero es inútil decírselo, porque ojos que no quieren ver no ven). En aquellos tiempos, el presidente municipal otorgó un “permiso verbal” para que el Café Reggae colocara mesas en la vía pública. Como nadie atendía como se debe, el negocio no se sostenía a sí mismo. En el año 1998, en el Festival Cervantino, llegó la señora Aracely Velázquez, que asistía cada año al FIC a vender y los vecinos le propusieron que atendiera el café, cuyo motivo de existencia era que los chicos que bebían cerveza y fumaban mariguana ya no lo hicieran ahí.

Aracely Velázquez. Gerente y creadora del Bossanova
Aracely, una mujer autosuficiente, gran luchadora por la vida, madre soltera, acostumbrada a la vida de dura competencia laboral de la capital del país, con experiencia en el negocio de restaurante, se puso al mando del café, le cambió de nombre a Café Bossanova.
En pocos años, el Bossanova no sólo fue autosuficiente, sino muy exitoso. Tanto que las "autoridades", en cierto momento, panistas, por cierto, intentaron cobrarle ¡medio millón de pesos! por el uso del suelo durante unos siete años. Ella les dijo "Óiganme, si no vendo drogas". Las autoridades se portaban como el crimen organizado que cobra derecho de piso por el trabajo ajeno.
Otro fenómeno que desató el Bossanova fue que muchos más llegaron a San Fernando a poner negocios de restaurantes o bares y todos pusieron mesas en la plaza. San Fernando dejó de ser un sitio tétrico, oscuro, abandonado y se volvió un pequeño emporio. Y, por supuesto, lo pusieron en los mapas de la ciudad como un lugar en el que había excelente comida y bellezas propias de la ciudad.
El café Bossanova ha recibido menciones en medios internacionales de Francia, Estados Unidos, Japón que lo recomiendan como uno de los mejores restaurantes de la ciudad.
Vale anotar que el Bossanova se especializó en la elaboración de crepas. Alimento que pocos conocían en Guanajuato en aquellos tiempos. Hoy, el Bossa ha derrotado a franceses que intentaron competirle en la venta y elaboración de crepas.


Las crepas del Bossa. Una leyenda.



En este momento el Café Bossanova se encuentra amenazado, junto con muchos otros negocios de toda la ciudad, por la voracidad del ayuntamiento. No conformes con cobrarles miles de pesos por “derecho de uso de suelo”, como hacen los narcos, el municipio ahora, tomando como pretexto unos estudios del INAH han prohibido a muchos de los restauranteros colocar mesas en las plazas. Varios establecimientos ya han quebrado. Pero el municipio no entiende. ¿De qué vive Guanajuato? De los servicios que da a los turistas. El Bossanova paga cinco mil pesos mensuales por unos 20 metros cuadrados de piso.
El gobierno, por otra parte, cobra ¡cinco pesos por hectárea por año! a las mineras canadienses o gringas que se llevan nuestros metales preciosos y pagan sueldos de hambre a los trabajadores mexicanos. ¿Qué significa esto? ¿Que el gobierno mexicano es enemigo de su pueblo? ¿Que son estúpidos? No. la respuesta es simple:
Significa que los gobiernos ―de todos los niveles― de nuestro país reciben mochadas, sobornos de las empresas del extranjero para permitirles robarnos a sus anchas.

¿Clavillazo? y Edgar Castro Cerrillo, orgullosos priístas

Nuestros gobernantes son personajes menores, mediocres, corruptos, viles. Personas que creen que ganar un puesto en la administración pública es sacarse la lotería. Ser funcionario es sinónimo de ser ladrón en México.
Por eso nuestro país se hunde.
Todo parece indicar que el gobierno, los gobiernos de los distintos niveles, en México, trabajan para perjuicio de sus ciudadanos. Y también que ya les urge que los mexicanos se levanten contra ellos. O para que el país termine de hundirse.